Chocolates en el Centro
¡Tres por mil! , al principio no sé de
qué me estaba hablando, hasta que dirigí mi mirada a una pequeña caja de
chocolates que este hombre tenía en la mano izquierda, sin embargo, yo seguí
caminando como quien no presta mucha atención a lo que sucede; la verdad no
acostumbro a comprar muchos chocolates de esta manera, no por desconfianza al
producto, más bien es porque no soy muy adicto al dulce; al ir alejándome poco
a poco de ese hombre gire un par de veces la cabeza, como quien confirma lo que
acaba de ver, y pude observar que el hombre aprovechaba el paso de muchas
personas por aquel lugar para ofrecer a cuantos pudiese su promoción: ¡tres por
mil!.
Era sábado por la mañana, yo estaba
caminando por el centro de Bucaramanga para hacer un favor que me habían pedido
mis padres cuando me encontré con el hombre que cabo de mencionar, recuerdo que
después me quede pensando en el hecho de haber encontrado a un vendedor
ambulante en una calle del centro, y no es que no los haya, es que no había
visto a uno ofreciendo chocolates como habitualmente lo hacen en un bus de
trasporte tradicional.
Esa mañana seguí con mi camino por el
centro, pero esta vez me fijaba más en lo que estaba sucediendo a mí alrededor,
las calles estaban despejadas de los vendedores habituales que extendían sus
mercancías en el suelo para ofrecerlas a muy bajos precios a quien pasara por
allí; la variedad de cosas que se podía encontrar, desde controles, juguetes,
CD’s, hasta ropa, ya no estaba; toda aquella mercancía había desaparecido del
lugar, lo que hacía de esa calle un lugar distinto, era más lúgubre y
solitario, esta vez, las personas caminaban sin detenerse y sin mirar atrás.
Todo esto se debe a la medida del
Alcalde de Bucaramanga, pensé, con su nueva norma que manda desalojar a toda
persona que venda cualquier clase de productos sin tener un lugar fijo en el
cual los pueda exhibirlos, ¿cuántas personas se habrán quedado sin empleo a
causa de esta norma?, ¿cuántos hogares habrán quedado sin sustento?, todas estas
ideas inundaron mi mente al recordar a aquel hombre de los chocolates, ya no
era raro para mi pensar en el hecho de haberlo encontrado, tratando de esconder
su trabajo, con voz queda pero firme.
Después de terminar el favor que me
encargaron mis padres, decidí sentarme un rato en una banca que queda al frente
de una panadería, allí espero un rato para observar más detenidamente el paso
de algún otro vendedor, sus gestos, su actitud, y la forma como ofrecía su
mercancía. Después de un rato en aquella banca, empezaron a aparecer
esporádicamente uno que otro vendedor ambulante, su mercancía ya no estaba en
el suelo, ahora con un tamaño y número
reducido cargaban todo en sus manos, ya fuera en una bolsa negra, en un
maletín, incluso en sus brazos que servían como tendederos para prendas de
vestir que ofrecían a los transeúntes, su paso por allí era irregular, además
de ser efímero.
Cuanto más miraba, más podía notar sus
afán por vender rápido, su objetivo era estar en constante movimiento y en postura siempre vigilante, sus miradas
buscaban alguna sombra verde que les indicara que el lugar en donde estaban ya
no era seguro, lo más notable es que tenían una especie de red informante,
entre ellos se ayudaban continuamente para saber en que lugar estaba la fuerza
pública para no acercarse, pues corrían el riesgo de ser capturados, además de
perder su medio de sustento.
Al cabo de dos horas en aquella banca frente a la
panadería, resolví seguir mi camino a casa con la impresión de que cada día la
economía de esta ciudad está empeorando, y que si las personas no pueden ganar
unos cuantos pesos honradamente vendiendo cualquier cosa en la calle, la
pobreza aumentará.
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